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La verdadera historia de los Caín y Abel del country


Si creías que los punkis eran unos destrozones, los metaleros unos desfasados y los góticos unos intensos, prepárate para descubrir una de las grandes historias de la música norteamericana: la hermosa y trágica saga de los Louvin Brothers, quizás el mejor y más influyente dúo de góspel y country que haya existido jamás… y sin duda el más turbulento. Nacidos en los años veinte en Alabama, en la zona sur de los Apalaches, los hermanos Louvin no podían ser más distintos entre sí. Charlie Louvin era un joven respetuoso, devoto y temeroso de Dios, pero su hermano Ira, que en otro tiempo había ido para predicador, vivía atormentado por todo tipo de diablos; veleidoso, mujeriego y alcohólico, se labró una merecida reputación de «hombre salvaje» debido a su costumbre de destrozar sus mandolinas sobre el escenario, acabar a golpes con miembros del público tan borrachos como él e insultar a Elvis Presley; también fueron notorias sus peloteras con su tercera esposa, a la que intentó estrangular con un cable de teléfono hasta que ésta se lo quitó de encima a tiro limpio. Aún tendría tiempo de casarse una cuarta vez.

Aunque en nuestro país no sean tan conocidos, los hermanos Louvin son toda una institución en Estados Unidos. Venerados por gigantes como Johnny Cash, Gram Parsons, Kris Kristofferson y Nick Cave, se les considera unos verdaderos maestros de la armonía, cuya reconocida influencia puede percibirse claramente en artistas tan variados como los Everly Brothers, The Byrds, Emmylou Harris, Mark Lanegan, She & Him o incluso Beck (que llegó a tener un grupo dedicado en exclusiva a interpretar versiones de los Louvin y la Familia Carter). Entre 1947 y 1962, grabaron una docena de álbumes, colaron trece sencillos en las listas de éxitos y cumplieron su sueño de convertirse en miembros fijos del venerable Grand Ole Opry. Pero, tal como demuestra su fugaz carrera, los sacrificios que a veces debe realizar uno para llegar a cumplir su sueño pueden acabar haciendo que se pregunte si de verdad merecía la pena. La historia de los Louvin, que comenzó en triunfo tan pronto como la música les permitió huir de la granja algodonera de su severo padre, terminó quince años más tarde en tragedia.

La autobiografía de Charlie Louvin, coescrita junto al novelista Benjamin Whitmer, plasma con crudo detalle su infancia en una pequeña granja familiar durante los años de la Gran Depresión, cuando la música y la religión eran la única huida a una existencia ruda y embrutecedora, marcada por la escasez y las cosechas del algodón. Charlie e Ira encontraron una salida en las tremebundas baladas tradicionales que les legó su madre y en las canciones espirituales que aprendieron en la iglesia, pero el explosivo y a la vez restrictivo ambiente de la música country en los años cincuenta y sesenta que les abrió las puertas de la fama también acabó por ser su perdición. Satán es real es la épica historia de dos hermanos unidos por el amor, el odio, la religión, el alcohol, la sangre y la música.

Traducción de Javier Lucini. Prólogo de Kris Kristofferson. 304 páginas. 60 fotos.
A la venta en noviembre.

«Ácido, socarrón y brutalmente sincero de un modo que sin duda ofenderá a los puristas de la música country. Repleto de peleas a puñetazos, anécdotas peripatéticas y encuentros cercanos con compañeros de la carretera, como Elvis Presley, Hank Williams, Roy Acuff, Johnny Cash y muchos otros».
—Alex Abramovich, The New York Times

«La historia de toda una generación del country ya desaparecida. Si recolectar algodón a mano era un trabajo duro y desagradable, los hermanos Louvin descubrieron que ganarse la vida con la música tampoco le iba a la zaga. Charlie hizo ambas cosas y vivió para contar la historia. Ni su vida ni las descripciones que de la misma hace en sus memorias son aptas para lectores impresionables».
—Les Kerr, Paste Magazine

«Los discos que Ira y Charlie Louvin grabaron en los años 50 y primeros 60 se cuentan entre los más reverenciados e influyentes de la historia del country. Pero la extraordinaria armonía que les caracterizaba sobre el escenario no tuvo eco en sus vidas fuera de él, un hecho que queda meridianamente claro desde el primer capítulo de Satán es real, unas memorias nada dadas a la nostalgia ni al recuerdo reverente».
—Randy Lewis, Los Angeles Times

«Peter Kreeft defendió una vez la existencia de Dios de la siguiente manera: “Tenemos la música de Johann Sebastian Bach, por lo tanto debe existir Dios”. Si te interesa la música tradicional y el género americana, uno podría hacer la misma afirmación sustituyendo la premisa de la argumentación por “Tenemos las canciones de los Louvin Brothers”».
—David Werther, Journey with Jesus

«La mezcla de luz y oscuridad que caracterizó su música fue un reflejo de sus vidas».
—The New Yorker